Acabo de ver Gandhari (Devashish Makhija, 2026) en Netflix. Hace tiempo que no veía una película india. En cuanto ves a una familia feliz en un compartimento de tren, con una niña pequeña y su enorme muñeca, sabes que una desgracia se avecina. En la estación de Joypura (pueblo imaginario) secuestran a la niña y sus padres, Bani (Taapsee Pannu) y Gokul, desesperados ante la inacción de la policía local, deciden buscarla por su cuenta.
Como thriller de acción, el guion es bastante flojo y los personajes están poco desarrollados a excepción de la protagonista. Me interesan, como siempre, los paralelismos mitológicos:
La película junta dos figuras maternas: Gandhari, del Mahabharata, y la Diosa.
Gandhari era la princesa de Gandhara que se casó con Dhritarashtra, el rey ciego de Hastinapura. Como gesto de solidaridad con su marido, decidió vendarse los ojos voluntariamente. Fue madre de los cien Kauravas, cuya rivalidad con los Pandavas desencadenó buena parte del conflicto que culminó en la batalla de Kurukshetra. Gandhari intentó evitar la destrucción de su familia, pero no consiguió detener la guerra y terminó perdiendo a sus cien hijos.
¿Por qué se llama Gandhari la película? No es que el personaje de Bani sea literalmente Gandhari, ni que la película reproduzca la historia del Mahabharata. La conexión está sobre todo en la maternidad, la pérdida, la ira y la transformación del dolor en una fuerza vengadora.
Hay además un paralelismo visual muy evidente: Gandhari elige la ceguera; Bani es arrojada a ella. En el Mahabharata, Gandhari se cubre voluntariamente los ojos; en la película, Bani queda temporalmente ciega después de un golpe brutal. La ceguera funciona como puente entre ambas: una madre que se mueve en la oscuridad después de que la violencia haya irrumpido en su familia.
Por otra parte, la película cuenta la leyenda (inventada) de la diosa Chaumukhi y el demonio Magrasur. Chaumukhi es una diosa protectora inspirada en Durga, que se enfrenta a Magrasur (¿Mahishasura?), un ser que secuestra niños y los lleva a un mundo subterráneo. Ella desciende allí para rescatarlos y acaba destruyéndolo. El paralelismo con la historia de Bani es evidente: una madre a la que le arrebatan a su hija, un descenso al mundo de los secuestradores y una mujer que transforma su dolor en una fuerza capaz de enfrentarse al mal.
Es una estructura muy reconocible en la mitología de la Devi: amenaza → sufrimiento → despertar del poder femenino → descenso al mundo del asura → rescate → destrucción del mal.
Así, Bani empieza siendo Gandhari, la madre cegada por la pérdida, y termina convirtiéndose en Chaumukhi, la madre guerrera que desciende al mundo de los demonios para recuperar a los niños.
El problema es que Gandhari no confía demasiado en que el espectador establezca estas conexiones por sí mismo. La mitología, más que enriquecer la historia, resulta un pegote.
La película incorpora además a los behrupiyas, artistas que se transforman mediante el maquillaje y los disfraces y deambulan por la ciudad con sus rostros enmascarados y pintados. Aunque la imagen tiene potencial simbólico como juego de apariencia y realidad e identidades cambiantes, sin embargo, como muchos otros elementos de la película, solo es un decorado superficial e intrascendente.
Al final, la conexión mitológica no termina de integrarse orgánicamente con el thriller realista sobre tráfico infantil y resulta demasiado evidente y forzada. La idea que hay detrás es interesante: la madre que primero sufre la violencia y después se convierte en la fuerza capaz de combatirla. Pero la película carece de misterio.

